Carmen
Carmen —Pues bien, si va usted a Pamplona, verá allà más de una cosa que le interesará… Es una bella ciudad… Le daré esta medalla (me mostraba una medallita de plata que llevaba al cuello), la envolverá en un papel… —se detuvo un instante para contener la emoción— y se la entregará o hará que se la entreguen a una buena mujer cuyas señas le daré.
—Dirá usted que he muerto, pero no dirá cómo.
Prometà hacer el encargo. Volvà a verlo al dÃa siguiente, y lo pasé en buena parte con él. Me enteré por sus propios labios de las tristes aventuras que se van a leer.