Carmen
Carmen Llevaba una falda roja muy corta que dejaba ver unas medias de seda blancas con más de un agujero, y bonitos zapatos de tafilete rojo, anudados con cintas de color de fuego. Apartaba la mantilla para descubrir los hombros y un gran ramo de casia que sobresalía de la camisa. Tenía también una flor de casia en la comisura de los labios y avanzaba balanceándose sobre las caderas como una potranca de la remonta de Córdoba. En mi región, una mujer con ese traje habría obligado a la gente a persignarse. En Sevilla, todos echaban algún piropo atrevido a su figura; respondía a cada uno, mirando dulcemente con el rabillo del ojo, con el puño en la cadera, descarada como una auténtica gitana que era. Al principio no me agradó, y reanudé mi trabajo; pero ella, como suelen hacer las mujeres y los gatos, que no vienen cuando se les llama y vienen cuando no se les llama, se paró delante de mí y me dirigió la palabra: «Compadre, —me dijo a la manera andaluza—, ¿quieres darme la cadena para colgar las llaves de mi caja fuerte?
—Es para colgar la aguja del fusil —respondí.