Carmen
Carmen —¡La aguja! —exclamó riendo—. ¡Ah! ¡El señor hace encaje, porque necesita agujas[4]! —Todos los que allí estaban se echaron a reír, y noté que me ponía colorado, y que era incapaz de responder—. ¡Vamos, corazón mío —continuó ella— hazme siete alnas de encaje negro para una mantilla, alfilerero de mi alma! —Y cogiendo la flor de casia que tenía en la boca, me la lanzó, con un movimiento del pulgar, justo entre los dos ojos. Señor, me produjo el efecto de una bala que me alcanzaba… No sabía dónde meterme, me quedé inmóvil como un pasmarote. Cuando hubo entrado en la fábrica, vi que la flor de casia se había caído al suelo entre mis pies; no sé lo que me pasó, pero la recogí sin que mis camaradas se dieran cuenta y la guardé cuidadosamente en la guerrera. ¡Primera tontería!