Carmen

Carmen

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Dos o tres horas después, aún estaba pensando en ello, cuando llega al cuerpo de guardia un portero jadeante y con la cara demudada. Nos dice que en la gran sala de cigarros habían asesinado a una mujer y que era preciso enviar a la guardia. El sargento me ordena tomar dos hombres e ir a ver. Tomo a mis hombres y subo. Imagine usted, señor, que entro en la sala y encuentro en primer lugar a trescientas mujeres en camisa, o poco menos, todas gritando, vociferando, gesticulando, haciendo un estruendo que no dejaría oír a Dios tronar. A un lado había una, patas arriba, cubierta de sangre, con una X en la cara que acababan de hacerle de dos cuchilladas. Frente a la herida, socorrida por las mejores del grupo, veo a Carmen agarrada por cinco o seis comadres. La mujer herida gritaba: «¡Confesión! ¡confesión! ¡me muero!». Carmen no decía nada; apretaba los dientes y movía los ojos como un camaleón. «¿Qué ocurre?» pregunté. Me las vi y me las deseé para saber lo que había pasado, porque todas las obreras me hablaban a la vez. Al parecer, la mujer herida se había jactado de tener dinero suficiente en el bolsillo como para comprar un burro en la feria de Triana. «¡Vaya! —dijo Carmen, que tenía la lengua larga— ¿no te basta con una escoba?». La otra, ofendida por la alusión, quizá porque se sentía sospechosa con ese objeto, le responde que no entendía de escobas, por no tener el honor de ser gitana ni ahijada de Satanás, pero que la señorita Carmencita conocería muy pronto a su burro, cuando el señor corregidor la llevara a pasear con dos lacayos por detrás para espartarle las moscas.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker