Carmen
Carmen Había alquilado un guía y dos caballos en Córdoba, y había emprendido la búsqueda con los Comentarios de César y algunas camisas como único equipaje. Cierto día, vagando por la parte elevada de la llanura de Cachena, extenuado por el cansancio, muerto de sed, abrasado por un sol de plomo, estaba mandando al diablo con toda mi alma a César y a los hijos de Pompeyo, cuando divisé, bastante lejos del sendero por el que transitaba, una pequeña zona de césped verde sembrado de juncos y cañas. Esto me indicaba la proximidad de un manantial. Efectivamente, al acercarme, vi que el supuesto césped era un terreno pantanoso donde se perdía un arroyo, que provenía, al parecer, de una estrecha garganta entre dos altos contrafuertes de la sierra de Cabra. Supuse que remontando la corriente hallaría agua más fresca, menos sanguijuelas y ranas, y quizá algo de sombra en mitad de los peñascos. Al entrar en la garganta, mi caballo relinchó, y otro caballo, que yo no podía ver, le respondió inmediatamente. Apenas hube dado un centenar de pasos cuando la garganta, ensanchándose de pronto, me mostró una especie de circo natural perfectamente sombreado por la altura de las escarpaduras que lo rodeaban. Era imposible encontrar un lugar que prometiera al viajero una parada más agradable. Al pie de unos riscos cortados a pico, el manantial se precipitaba borboteando, y caía en una cuenca pequeña tapizada de arena blanca como la nieve. Cinco o seis bellas carrascas, siempre al abrigo del viento y refrescadas por el manantial, crecían en los bordes y lo cubrían con su frondosa sombra; por fin, alrededor de la fuente, una hierba fina, lustrosa, ofrecía un lecho mejor que el que se hubiera encontrado en cualquier posada en diez leguas a la redonda.
