Carmen
Carmen Salí sin saber qué hacer, apenas dormí y por la mañana me encontraba tan irritado contra la traidora que había resuelto marcharme de Gibraltar sin volver a verla; pero, al primer redoble de tambor, desapareció todo mi coraje: cogí mi cesta de naranjas y acudí a casa de Carmen. La celosía estaba entreabierta y vi sus grandes ojos negros que me acechaban. El criado empolvado me hizo pasar inmediatamente; Carmen lo mandó a hacer un recado, y en el momento en que estuvimos solos, lanzó una de sus risas de cocodrilo y se me echó al cuello. Jamás la había visto tan guapa. Adornada como una Virgen, perfumada… muebles tapizados de seda, cortinas bordadas… ¡Ah!… y yo vestido como lo que era, como un ladrón. «¡Minchorro! —decía Carmen— me dan ganas de romper aquí todo, prender fuego a la casa y huir a la sierra». ¡Qué ternezas!… y después, ¡qué risas!… y bailaba y desgarraba sus volantes: ni un mono hizo jamás más piruetas, muecas, travesuras. Cuando recobró la seriedad: «Escucha —dijo— se trata de Egipto. Quiero que me lleve a Ronda, donde tengo una hermana monja… (Aquí nuevas carcajadas). Pasamos por un sitio que haré que te digan. Caéis sobre él: ¡desplumado! Lo mejor sería que os lo carguéis; pero, añadió con una sonrisa diabólica que tenía en ciertos momentos, sonrisa que nadie entonces deseaba imitar, ¿sabes lo que habría que hacer? Que el Tuerto aparezca primero. Vosotros os quedáis un poco detrás; el cangrejo es valiente y diestro: tiene buenas pistolas… ¿Comprendes?…». Se detuvo con una nueva carcajada, que me hizo estremecer.