Carmen

Carmen

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Uno no se da cuenta cuando habla de sí mismo. Todos esos detalles le aburren a usted, sin duda, pero acabo enseguida. La vida que llevábamos duró bastante tiempo. El Dancaire y yo nos habíamos asociado con algunos camaradas más fieles que los primeros, y nos dedicábamos al contrabando, y también a veces, hay que confesarlo, echábamos el alto en el camino real, pero en último extremo, y cuando no podíamos hacer otra cosa. Por lo demás, no maltratábamos a los viajeros y nos limitábamos a quitarles el dinero. Durante algunos meses estuve contento de Carmen; continuaba siendo útil para nuestras operaciones, informándonos sobre los buenos golpes que podríamos dar. Estaba unas veces en Málaga, otras en Córdoba, otras en Granada; pero a una palabra mía, lo dejaba todo, y venía a encontrarse conmigo en una venta aislada, incluso en el campamento. Solamente una vez, en Málaga, surgió un problema. Supe que le había echado el ojo a un negociante muy rico, con el que se proponía probablemente volver a empezar la broma de Gibraltar. A pesar de todo lo que pudo decirme el Dancaire para detenerme, partí y entré en Málaga en pleno día. Busqué a Carmen y me la llevé inmediatamente. Tuvimos un agrio altercado. «¿Sabes, me dijo, que desde que eres mi verdadero rom, te quiero menos que cuando eras mi minchorro? No quiero ser maltratada y mucho menos mandada. Lo que quiero es ser libre y hacer lo que me plazca. No me agotes la paciencia. Si me fastidias, encontraré a algún muchacho complaciente que te haga lo que tú has hecho al tuerto». El Dancaire nos reconcilió; pero nos habíamos dicho cosas por las que estábamos resentidos el uno con el otro y ya no nos tratábamos como antes. Poco después sucedió una desgracia. La tropa nos sorprendió. Mataron al Dancaire y a dos de mis camaradas; apresaron a otros dos. Yo fui herido gravemente, y, a no ser por mi buen caballo, habría caído en manos de los soldados. Extenuado de fatiga, con una bala en el cuerpo, fui a ocultarme en un bosque con el único compañero que me quedaba. Al apearme del caballo, perdí el conocimiento y creí que iba a reventar en la maleza como una liebre que ha recibido una perdigonada. Mi camarada me trasladó a una gruta que conocíamos, y después fue a buscar a Carmen. Estaba en Granada y acudió inmediatamente. Durante quince días, no se apartó de mí ni un instante. No durmió; me cuidó con una destreza y unas atenciones que jamás ha tenido una mujer para con el hombre más querido. En cuanto pude sostenerme en pie, me llevó a Granada con el mayor sigilo. Las gitanas encuentran en todas partes refugios seguros, y pasé más de seis semanas en una casa a dos puertas del corregidor que me buscaba. Más de una vez, mirando detrás de una contraventana, lo vi pasar. Me restablecí al fin; pero en mi lecho de dolor había reflexionado mucho, y proyectaba cambiar de vida. Hablé a Carmen de marcharnos de España, y tratar de vivir honradamente en el Nuevo Mundo. Se burló de mí. «No estamos hechos para plantar coles, dijo; nuestro destino es vivir a costa de los payos. Mira, he concertado un negocio con Natham Ben-Joseph de Gibraltar. Tiene telas de algodón que sólo esperan por ti para pasar. Sabe que estás vivo. Cuenta contigo. ¿Qué dirían nuestros corresponsales de Gibraltar si faltaras a tu palabra?». Me dejé arrastrar y reanudé mi deshonrosa vida.


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