Carmen
Carmen —Dentro de media hora. El hijo del ventero de allá va a venir a ayudar. Dígame joven, ¿no tiene usted algo en la conciencia que lo atormenta? ¿quiere usted escuchar los consejos de un cristiano?
Yo estaba a punto de llorar. Le dije que volvería y me marché deprisa. Fui a echarme en la hierba hasta que oyera la campana. Entonces me acerqué, pero permanecí fuera de la capilla. Cuando acabó la misa, volví a la venta. Esperaba que Carmen hubiese huido; habría podido coger mi caballo y marcharse… pero la encontré. Ella no quería que se pudiera decir que tenía miedo de mí. Durante mi ausencia, había deshecho el dobladillo de su vestido para quitar de él el plomo. Ahora estaba ante una mesa, mirando en un barreño lleno de agua el plomo que había fundido, y que acababa de echar en ella. Estaba tan ocupada con su magia que, al principio, no se percató de mi regreso. Unas veces cogía un trozo de plomo y le daba vueltas por todos los lados con aspecto triste, otras cantaba alguna de esas canciones mágicas que invocan a María Padilla, la amante de don Pedro, que fue, según se dice, la Barí Crallisa o gran reina de los gitanos[24].
—Carmen —le dije— ¿quiere venir conmigo?
Se levantó, tiró el lebrillo y se puso la mantilla por la cabeza como dispuesta a partir. Me trajeron el caballo, montó en la grupa y nos alejamos.