Carmen
Carmen —Cambiemos de vida Carmen, —le dije, en tono de súplica—. Vámonos a vivir a algún sitio donde no estemos separados nunca. Sabes que, no lejos de aquí, tenemos ciento veinte onzas enterradas bajo una encina… Además, tenemos aún fondos en casa del judío Ben-Joseph.
Se sonrió, y me dijo:
—Primero yo, después tú. Sé perfectamente que así debe ocurrir.
—Reflexiona —continué—; estoy al límite de la paciencia y del ánimo; decídete o decidiré yo. La dejé y fui a pasearme por la parte de la ermita. Encontré al ermitaño rezando. Esperé a que terminara sus oraciones; me habría gustado rezar, pero no podía. Cuando se levantó, fui hacia él. «Padre, —le dije— ¿quiere usted rezar por alguien que está en gran peligro?
—Rezo por todos los afligidos —dijo.
—¿Puede decir una misa por un alma que quizá comparezca ante su Creador?
—Sí, —respondió, mirándome fijamente. Y como había algo extraño en mi aspecto, quiso hacerme hablar:
—Me parece que lo he visto antes —dijo.
Dejé una piastra sobre el banco.
—¿Cuándo dirá usted la misa? —le pregunté.