Carmen

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—Muy bien, dijo, ¡vámonos!». Fui a coger el caballo, la puse en la grupa, y caminamos todo el resto de la noche sin decirnos una sola palabra. De día, nos paramos en una venta aislada, bastante cerca de una ermita pequeña. Allí le dije a Carmen:

—Escucha: lo olvido todo. No te hablaré de nada; pero júrame una cosa: que vas a seguirme a América y que allí permanecerás tranquila.

—No, —dijo con tono enfadado— no quiero ir a América. Estoy bien aquí.

—Es porque estás cerca de Lucas; pero piénsalo bien, si se cura, no será para llegar a viejo. A fin de cuentas, ¿por qué echarle a él la culpa? Estoy cansado de matar a todos tus amantes; te mataré a ti.

Me miró fijamente con su mirada salvaje, y me dijo:

—Siempre he pensado que me matarías. La primera vez que te vi, acababa de encontrar a un cura en la puerta de mi casa. Y esta noche, al salir de Córdoba, ¿no lo has visto? Una liebre ha cruzado el camino entre las patas del caballo. Está escrito.

—Carmencita —pregunté— ¿ya no me quieres?

No respondió nada. Estaba sentada en una estera, con las piernas cruzadas, y hacía rayas con el dedo en la tierra.


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