Carmen

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—No quiero —respondí— ni su dinero, ni su persona, y te prohíbo hablar con él. «Ten cuidado —me dijo—; cuando se me desafía a no hacer algo, está hecho inmediatamente». Por fortuna, el picador partió para Málaga y yo me dispuse a pasar las telas de algodón del judío. Tuve mucho que hacer en esa expedición, también Carmen, y olvidé a Lucas; quizá ella lo olvidó también, al menos de momento. Por entonces, señor, lo encontré a usted, primero cerca de Montilla y después en Córdoba. No le hablaré de nuestra última entrevista. Quizá sepa usted de ella mucho más que yo. Carmen le robó el reloj; también quería el dinero y, sobre todo, esa sortija que lleva en el dedo y que, según ella, es un anillo mágico que le interesaba mucho poseer. Tuvimos una disputa violenta, y le pegué. Ella palideció y lloró. Era la primera vez que la veía llorar y me produjo un terrible efecto. Le pedí perdón, pero estuvo enfurruñada durante todo un día y cuando partí de nuevo para Montilla, no quiso besarme.— Estaba apesadumbrado, cuando tres días después, vino a buscarme con aspecto risueño y alegre como un pinzón. Todo estaba olvidado, y parecíamos enamorados de hacía dos días. En el momento de separarnos me dijo: «Hay una fiesta en Córdoba, voy a ir a verla, y después sabré la gente que sale de allí con dinero, y te lo diré». La dejé partir. Una vez solo, pensé en esa fiesta y en el cambio de humor de Carmen: «Puesto que se ha reconciliado la primera —me dije— tiene que haberse vengado ya». Un campesino me dijo que había toros en Córdoba. Me hierve la sangre, y, como loco, me marcho y voy a la plaza. Me mostraron a Lucas, y, reconocí a Carmen en el banco junto a la barrera. Me bastó verla un minuto para estar seguro de lo que pensaba. En el primer toro, Lucas gallardeó como yo había previsto. Arrancó la divisa del toro y se la llevó a Carmen, quien al instante se la colocó en el pelo. El toro se encargó de vengarme. Lucas fue derribado con el caballo sobre el pecho, y el toro encima de los dos. Miré hacia Carmen: ya no estaba en su sitio. No podía salir de donde estaba y me vi obligado a esperar el final de la corrida. Entonces me fui a la casa que usted conoce, y permanecí allí toda la tarde y una parte de la noche, sin moverme. Carmen volvió hacia las dos de la mañana, y se quedó un poco sorprendida al verme. «¡Vente conmigo!, le dije.


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