Carmen
Carmen —Sí, lo he querido, como a ti, un instante, quizá menos que a ti. Ahora ya no amo nada, y me odio por haberte amado.
Me eché a sus pies, tomé sus manos, las regué de lágrimas. Le recordé todos los momentos de felicidad que habíamos pasado juntos. Le ofrecí seguir siendo salteador de caminos para agradarle. Todo, señor, todo; le ofrecí todo, con tal de que accediera a quererme aún.
Me dijo: «Quererte aún, es imposible. No quiero vivir contigo». El furor se adueñaba de mí. Saqué la navaja. Me habría gustado que tuviera miedo y me pidiera clemencia, pero esa mujer era un demonio.
—¡Por última vez! —grité— ¿quieres seguir conmigo?
—¡No! ¡No! ¡No! —dijo, golpeando el suelo con el pie, y se quitó del dedo una sortija que yo le había regalado, y la tiró a la maleza.