Carmen

Carmen

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La herí dos veces. Era la navaja del Tuerto, que había cogido después de romper la mía. Cayó al segundo navajazo, sin gritar. Creo estar viendo aún sus grandes ojos mirarme fijamente; luego se nublaron y se cerraron. Quedé anonadado más de una hora ante el cadáver. Recordé después que Carmen me había dicho frecuentemente que le gustaría ser enterrada en un bosque. Cavé una fosa con el cuchillo y la deposité en ella. Durante mucho tiempo estuve buscando la sortija y al fin la encontré. La puse junto a ella en la fosa, con una crucecita. Tal vez haya cometido un error. Después monté en mi caballo, galopé hasta Córdoba y me entregué en el primer cuerpo de guardia. Dije que había matado a Carmen; pero no he querido decir dónde estaba el cuerpo. El ermitaño era un hombre santo. Ha rezado por ella. Ha dicho una misa por su alma… ¡Pobre niña! Los calé son los culpables por haberla educado así.








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