Carmen

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La sombra y el manantial me agradaron tanto que me acordé de las lonchas de excelente jamón que mis amigos de Montilla habían metido en las alforjas del guía. Le pedí que las trajera, e invité al forastero a participar en la improvisada colación. Si no había fumado desde hacía mucho tiempo, me pareció verosímil que no hubiera comido desde hacía cuarenta y ocho horas por lo menos. Devoraba como un lobo hambriento. Pensé que mi encuentro había sido providencial para el pobre diablo. Mi guía, sin embargo, comía poco, bebía aún menos, y no hablaba una palabra, pese a que desde el comienzo de nuestro viaje se hubiera revelado como un parlanchín sin igual. La presencia de nuestro huesped parecía molestarlo, y una cierta desconfianza los alejaba al uno del otro, sin que yo adivinase claramente la causa.

Las últimas migas de pan y de jamón habían desaparecido ya; habíamos fumado cada uno un segundo cigarro; mandé al guía que embridara los caballos, e iba a despedirme de mi nuevo amigo, cuando éste me preguntó dónde pensaba pasar la noche.

Antes de que yo hubiera prestado atención a una seña de mi guía, había respondido que iba a la venta del Cuervo.

—Mal alojamiento para una persona como usted, caballero… Allí voy, y, si usted me permite acompañarlo, haremos el camino juntos.


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