Carmen
Carmen En España, un cigarro ofrecido y aceptado establece relaciones de hospitalidad, como en Oriente compartir el pan y la sal. Mi hombre se mostró más hablador de lo que yo había esperado. Por otra parte, aunque dijo que era vecino del partido de Montilla, parecía conocer la comarca bastante mal. No sabía el nombre del maravilloso valle en el que nos encontrábamos; no podía nombrar ningún pueblo de los alrededores; por fin, cuando le pregunté si había visto por la zona muros destruidos, anchas tejas con rebordes o piedras esculpidas, confesó que nunca había prestado atención a esas cosas. En cambio, se mostró experto en materia de caballos. Criticó el mío, lo cual no era difícil; después me hizo la genealogía del suyo, que procedía de la famosa remonta de Córdoba: animal noble, en efecto, tan resistente a la fatiga según su dueño, que una vez había recorrido treinta leguas en un día, al galope o al trote largo. En medio de su parrafada, el desconocido se detuvo bruscamente, como sorprendido y enfadado por haber hablado demasiado. «Es que me urgía llegar pronto a Córdoba, —continuó, un poco desconcertado—. Debía requerir a los jueces para un proceso…». Mientras hablaba, miraba a Antonio, mi guía, que bajaba los ojos.
