Carmen
Carmen Como no creà que debÃa molestarme por el poco caso que parecÃa hacerse de mi persona, me tumbé en la hierba, y con tono desenfadado pregunté al hombre del trabuco si llevaba mechero. Al mismo tiempo sacaba mi petaca de cigarros puros. El desconocido, sin hablar, rebuscó en el bolsillo, cogió su mechero, y se apresuró a darme fuego. Evidentemente se humanizaba; pues se sentó frente a mÃ, aunque sin dejar su arma. Una vez encendido mi cigarro, escogà el mejor de los que me quedaban y le pregunté si fumaba.
«SÃ, señor», respondió. Eran las primeras palabras que articulaba y observé que no pronunciaba la s como los andaluces, de donde saqué en conclusión que era un viajero como yo, sólo que menos arqueólogo.
—Encontrará éste bastante bueno —le dije, ofreciéndole un verdadero puro regalÃa de La Habana.
Me hizo una ligera inclinación de cabeza, encendió su cigarro en el mÃo, me dio la gracias con otro movimiento de cabeza, y se puso a fumar manifestando gran placer.
—¡Ah! —exclamó, dejando escapar lentamente su primera bocanada por la boca y la nariz— ¡cuánto tiempo hacÃa que no habÃa fumado!
