Carmen

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—En otra punta, cosa media piastra; una peseta aquí; una moneda de dos reales, ahí. Después hay que coser, en el centro, una moneda de oro. Un doblón sería lo mejor». Cosió el doblón y todo lo demás. «Ahora deme el pañuelo, voy a llevarlo al Campo Santo cuando suene medianoche. Venga usted conmigo, si quiere ver una bonita escena de diablos. Le prometo que desde mañana volverá a ver al que ama». La gitana se fue sola al Campo Santo, porque había mucho miedo a los diablos para acompañarla. Adivinen si la pobre amante abandonada ha vuelto a ver el pañuelo y al infiel.

A pesar de la miseria y de la especie de adversión que inspiran, los gitanos gozan, sin embargo, de cierta consideración entre la gente poco ilustrada y presumen mucho de ello. Se consideran raza superior en cuanto a la inteligencia y desprecian cordialmente al pueblo que los acoge. «Los gentiles son tan bobos, me decía una gitana de los Vosgos, que no tiene ningún mérito engañarlos. El otro día, una campesina me llama en la calle, entro en su casa. La estufa humeaba y me pide un sortilegio para hacerla tirar bien. Primero, hago que me dé un buen trozo de tocino. Después, me pongo a decir entre dientes unas palabras en romaní. «Eres boba, decía yo, has nacido boba, boba morirás Cuando estuve cerca de la puerta, le dije en buen alemán: La manera infalible para impedir que la estufa humee, es no encenderla. Y puse pies en polvorosa».


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