Carmen

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He dicho que la mayor parte de las gitanas se dedican a decir la buenaventura. Lo hacen muy bien. Pero lo que para ellas es una fuente de grandes beneficios es la venta de encantamientos y filtros amorosos. No sólo usan patas de sapos para fijar los corazones veleidosos, o polvo de piedra imán para hacerse amar de los insensibles; sino que hacen, cuando es necesario, poderosos conjuros que obligan al diablo a prestarles ayuda. El año pasado, una española me contaba la siguiente historia: Pasaba un día por la calle de Alcalá, muy triste y preocupada; una gitana, en cuclillas en la acera, le gritó: «Hermosa señora mía, su amante la ha traicionado». Era verdad. «¿Quiere que lo haga volver con usted?». Se comprende con qué alegría fue aceptada la proposición, y qué confianza debía inspirar la persona que adivinaba así, con una simple mirada, los secretos íntimos del corazón. Como habría sido imposible ponerse a hacer sortilegios en la calle más frecuentada de Madrid, acordaron una cita para el día siguiente. «Nada más fácil que hacer volver al infiel a sus pies, —dijo la gitana—. ¿Tendría usted un pañuelo, un chal o una mantilla que él le haya regalado?». Le entregó un pañuelo de seda. «Ahora cosa usted con seda carmesí, una piastra en una punta del pañuelo.




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