El dominico blanco
El dominico blanco Es lo único que me ha dado, y por esto he considerado desde entonces el nombre de Christopher como algo sagrado. Está grabado en mi cuerpo y lo he llevado como una fe de bautismo —extendida en el Reino de lo Eterno—, como un documento que nadie puede robar, durante toda mi vida. Creció y creció sin cesar como una semilla en las tinieblas, hasta que apareció de nuevo como lo que fuera al principio, se fundió conmigo y me acompañó al mundo de la incorruptibilidad. AsÃ, tal como ha sido escrito: se sembrará corruptible y resucitará incorruptible.
Jesús fue bautizado en su edad adulta, totalmente consciente de lo que ocurrÃa: el nombre, que era su Yo, se hundió en la tierra; los hombres de hoy son bautizados cuando aún son lactantes; ¡cómo pueden comprender lo que les ha acontecido! Vagan por la vida hacia la sepultura como vapores, como un soplo de viento que retrocede sobre el pantano; sus cuerpos se pudren y no tienen parte alguna en aquello que resucita: su nombre. Yo, en cambio, en la medida que puede decirlo de sà mismo un hombre, sé que me llamo Christopher.
Por la ciudad circula el rumor de que un monje dominico, Raimundo de Penyafort, construyó la iglesia de Nuestra Señora con dádivas que le enviaban donantes anónimos de todos los paÃses.