El dominico blanco

El dominico blanco

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He estado enfermo dos semanas enteras; las rosas de Ofelia se han mustiado en el búcaro. ¿Y si ya se ha marchado? Las manos se me humedecen por la desesperación. ¿Y si las flores hubieran sido un regalo de despedida?

Mi padre advierte que sufro, pero no me pregunta la causa. ¿Sabe acaso más de lo que quiere decir?

¡Si yo pudiera abrirle mí corazón y confesárselo todo, todo! No, no puede ser; si me repudiara, lo aceptaría de buen grado si con ello pagara mi deuda: pero sé que averiguarlo le destrozaría el corazón: yo, su único hijo, a quien ha encontrado de nuevo como guiado por el destino, se ha portado como un malhechor… No, no, ¡no puede suceder!

Todos pueden enterarse y señalarme con el dedo, sólo él no debe saberlo.

Me pasa con ternura la mano por la frente, me mira con ojos llenos de amor y benevolencia, y dice:

—¡No estés tan triste, querido muchacho! Si algo te atormenta, ¡olvídalo! Piensa que es una pesadilla debida a la fiebre. ¡Pronto volverás a estar sano y alegre!

Pronuncia la palabra «alegre» con vacilación y siento que intuye un porvenir lleno de aflicción y dolor.

Lo mismo que he intuido yo.

¿Se ha marchado ya Ofelia? ¿Lo sabe él?


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