El dominico blanco
El dominico blanco —¿Padre, no quieres hablarme de mi madre? Dime: ¿cómo se llamaba? ¡No sé nada de ella! (La pregunta me ha aflorado de repente a los labios; no advierto hasta que es demasiado tarde que he hurgado en una herida de su corazón).
Camina, inquieto, arriba y abajo de la habitación; sus frases parecen entrecortadas.
—¡Mi querido muchacho, permíteme que haga revivir el pasado! Me amó. Sí, esto lo sé.
»Y yo también… indeciblemente.
»Me sucedió lo mismo que a todos nuestros antepasados. En lo que atañe a las «hembras», todos los hombres de la familia Jocher hemos hallado tormento y fatalidad. Sin que fuera culpa nuestra ni de nuestras madres.
»Por otra parte, como quizá ya sabes, cada uno de nosotros sólo ha tenido un hijo. El matrimonio no ha durado nunca mucho.
»Es como si con ello ya hubiera cumplido su propósito.