El dominico blanco
El dominico blanco »No fue feliz para ninguno de los dos. Tal vez se deba a que nuestras mujeres son demasiado jóvenes, como la mÃa, o mayores que nosotros. No hubo ninguna avenencia fÃsica. El tiempo nos apartó un poco más cada año. Y ¿por qué se marchó de mi lado? ¡Ah, si lo supiera!… Pero no, ¡no quiero saberlo! ¿Si me engañó? ¡No! ¡Esto lo habrÃa sentido! Aún lo sentirÃa ahora. Sólo puedo creer que en ella se despertó el amor hacia otro, y cuando vio que ya no podÃa escapar al destino de serme infiel, prefirió dejarme y buscar la muerte.
—Pero ¿por qué me abandonó a mÃ, padre?
—Para esto sólo tengo una explicación: era una católica ferviente y, aunque nunca dijo una palabra, consideraba nuestro camino espiritual una aberración diabólica. QuerÃa protegerte de ella y sólo podÃa conseguirlo alejándote de mi influencia. Jamás debes dudar de que eres mi hijo carnal, ¿lo oyes? Ella no te habrÃa dado nunca el nombre de Christopher; sólo esto es para mà una prueba inconfundible de que no eres… hijo de otro.
—Padre, dime una cosa más: ¿cómo se llamaba? Me gustarÃa saber su nombre de pila cuando pienso en ella.
—Se llamaba… —la voz de mi padre vacila, como si la palabra se le atascara en la garganta—, su nombre era… se llamaba Ofelia.
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