El dominico blanco

El dominico blanco

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Muchas veces me sorprendo en un acto singular: escarbo la arena que rodea el banco con la pala que suele estar apoyada contra la valla del jardín, con un bastón, con el resto de una tabla, con cualquier cosa que tenga al alcance, incluso con las manos.

Como si la tierra escondiera algo que yo debo arrancarle.

En los libros se dice que los sedientos revuelven así la tierra y excavan profundos hoyos con los dedos cuando se han extraviado en el desierto.

Ya no siento dolor, de tan candente que ha llegado a ser. ¿O acaso floto a gran altura sobre mi cabeza, para que el dolor no pueda subir hasta mí?

La capital está a muchas millas corriente arriba… ¿Por qué no me trae el río ningún saludo?

Entonces me hallo de repente junto a la tumba de mi madre, sin saber cómo he venido hasta aquí.

El mismo nombre, «Ofelia», debe de haberme atraído.

* * *

¿Por qué viene ahora el cartero, en el caluroso mediodía, cuando todo descansa, y cruza la Hilera de Panaderos en dirección a nuestra casa?

Aún no le había visto nunca por este barrio. Aquí no vive nadie a quien pudiera traerle una carta.

Me ve, se detiene y rebusca en su cartera de piel.


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