El dominico blanco
El dominico blanco Muchas veces me sorprendo en un acto singular: escarbo la arena que rodea el banco con la pala que suele estar apoyada contra la valla del jardÃn, con un bastón, con el resto de una tabla, con cualquier cosa que tenga al alcance, incluso con las manos.
Como si la tierra escondiera algo que yo debo arrancarle.
En los libros se dice que los sedientos revuelven asà la tierra y excavan profundos hoyos con los dedos cuando se han extraviado en el desierto.
Ya no siento dolor, de tan candente que ha llegado a ser. ¿O acaso floto a gran altura sobre mi cabeza, para que el dolor no pueda subir hasta m�
La capital está a muchas millas corriente arriba… ¿Por qué no me trae el rÃo ningún saludo?
Entonces me hallo de repente junto a la tumba de mi madre, sin saber cómo he venido hasta aquÃ.
El mismo nombre, «Ofelia», debe de haberme atraÃdo.
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¿Por qué viene ahora el cartero, en el caluroso mediodÃa, cuando todo descansa, y cruza la Hilera de Panaderos en dirección a nuestra casa?
Aún no le habÃa visto nunca por este barrio. Aquà no vive nadie a quien pudiera traerle una carta.
Me ve, se detiene y rebusca en su cartera de piel.