El dominico blanco
El dominico blanco La proximidad de un poder ilimitado me rodea y me invade. En su mano son todas las cosas un juguete viviente; me roza un soplo de viento e intuyo que me dice: ve a la orilla y suelta la amarra del bote.
Ya no son pensamientos lo que dirige mis actos o mi inactividad: formo parte del tejido de toda la naturaleza y su murmullo secreto es mi razón. Sereno, remo hasta el centro del río.
¡Ahora vendrá ella!
Una franja clara se desliza hacia mí. Un rostro blanco e inmóvil, con los ojos cerrados, flota sobre el agua quieta como una imagen en un espejo.
Entonces detengo a la muerta y la subo hasta el bote.
* * *
La entierro a mucha profundidad en la arena blanda y limpia, sobre un lecho de perfumadas flores de saúco y cubierta de verdes ramas. Después lanzo la pala al río.