El dominico blanco

El dominico blanco

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Me acerco mucho a ellos y los miro fijamente. Asombrados, levantan la vista hacia mí, pero no me salen las palabras porque en el fondo de mi corazón suena la voz de Ofelia:

«¿No sabes mejor que nadie cuándo llegaré? ¿Acaso te he hecho esperar alguna vez, cariño mío?».

Y la certeza, firme como una roca y luminosa como el sol, que disipa todas las dudas, grita en mi interior: es como si la naturaleza que me rodea hubiese cobrado vida y me gritase: ¡esta noche a las once!

¡Las once! ¡La hora que siempre he esperado con nostalgia!

Como entonces, riela la luna en el río.

Estoy sentado en el banco del jardín, pero la espera no es como la de antes, estoy unido con la corriente del tiempo, ¿cómo podría desear que fuera más rápida o más lenta?

¡En el libro de los milagros está escrito que se cumplirá el último ruego de Ofelia! Este pensamiento es tan estremecedor, que todo lo ocurrido —la muerte de Ofelia, su carta, mi propio sufrimiento, la terrible misión de enterrar su cadáver, el espantoso vacío de la vida que me espera—… todo, todo palidece.

Tengo la súbita impresión de que las miríadas de estrellas que hay allí arriba son los ojos omniscientes de los arcángeles, que nos observan, vigilantes, a ella y a mí.


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