El dominico blanco
El dominico blanco Todo mi cuerpo empieza a sentirse inquieto. Como si esperara una orden mía, que yo debo darle.
Me esfuerzo por pensar, pero mi cerebro permanece muerto.
«He venido a verte. ¡El río ha escuchado mi ruego!». ¿Qué significa esto? ¿Qué significa?
¿Debo cumplir mi promesa? ¿Qué promesa le he hecho?
Lo recuerdo de improviso: se trata de la promesa que hice a Ofelia durante nuestro paseo en bote.
Ahora ya lo sé: ¡debo bajar al río! Bajo los escalones de cuatro en cuatro o de cinco en cinco, deslizando ambas manos por la barandilla, saltando apresuradamente en mi gran precipitación.
De repente vuelvo a estar vivo; mis pensamientos se atropellan. «No puede ser —me digo—; estoy soñando una novela inverosímil».
Quiero detenerme y dar media vuelta, pero el cuerpo me empuja hacia delante.
Corro por el pasaje hasta el agua.
Hay una balsa atracada en el muelle.
Dos hombres están de pie en ella.
«¿Cuánto rato tarda el tronco de un árbol en llegar hasta aquí desde la capital?», quiero preguntarles.