El dominico blanco

El dominico blanco

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Ofelia sostiene mi corazón en sus manos —siento sus dedos frescos— para que no me estalle. ¡Sí, sólo puede ser esto! ¡De lo contrario, gritaría!

Quiero alegrarme de que esté a mi lado, pero he olvidado cómo se siente la alegría.

En la alegría participa el cuerpo y ya no tengo ningún poder sobre él.

¿Así que deberé vagar por la tierra con él a cuestas como un cadáver viviente?

La vieja criada sirve la comida en silencio; me levanto y voy a mi habitación; mi mirada se posa en el reloj de pared. ¿Las tres? ¡No puede ser más tarde de la una! ¿Por qué ha dejado de funcionar?

Entonces lo comprendo: ¡Ofelia ha muerto a las tres de la madrugada!

Sí, sí, ahora se despierta en mí el recuerdo: esta noche he soñado con ella; estaba a la cabecera de mi cama y sonreía, llena de felicidad.

«¡He venido a verte, cariño mío! El río ha escuchado mi ruego. ¡No olvides tu promesa, no olvides tu promesa!», me ha dicho.

Como un eco resuenan en mí sus palabras:

«¡No olvides tu promesa, no olvides tu promesa!», repiten, incansables, sus labios, como si quisieran despertar mi cerebro hasta que comprenda por fin el significado oculto de la frase.


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