El dominico blanco
El dominico blanco ¿Dan los muertos vida a la memoria sólo cuando quieren que uno perciba su proximidad como una presencia? ¿Atraviesan la corriente del tiempo para llegar hasta nosotros sólo haciendo funcionar otra vez el reloj en nuestro interior?
Mi alma está petrificada, ¡es extraño que mi sangre siga fluyendo! ¿O es acaso el pulso de un desconocido el que oigo latir? Miro hacia el suelo… ¿Son mis pies los que se dirigen a la casa mecánicamente, paso a paso? ¿Y que ahora suben las escaleras? ¡Tendrían que temblar y vacilar por el dolor de aquél a quien pertenecen, si yo fuera ese alguien!
Por un momento me recorre el cuerpo de pies a cabeza una terrible punzada, como una lanza candente que casi me impele contra la barandilla; entonces busco el dolor en mí y ya no puedo encontrarlo. Se ha consumido a sí mismo como un relámpago.
¿Estoy muerto? ¿Yace mi cuerpo destrozado allí abajo, al pie de la escalera? ¿Es sólo un fantasma el que ahora abre la puerta y entra en el aposento?
No, no es una ilusión, soy yo mismo; sobre la mesa está la comida y mi padre me viene al encuentro y me besa en la frente. Quiero comer, pero no puedo tragar; cada bocado se me atasca en la garganta.
¡De modo que mi cuerpo sufre sin que yo lo sepa!