El dominico blanco
El dominico blanco ¡Ay, ojalá pudiera ser enterrada junto a nuestro banco! No quiero pedirlo a Dios, pero quizá Él lea mi deseo mudo y pueril y haga un milagro. ¿Acaso no ha hecho muchos y más grandes?
¡Otra cosa, cariño mÃo! ¡Si es posible, cuando seas todo un hombre, lleno de poder y fuerza, ayuda a mi pobre padre adoptivo!
¡Pero no!… ¡No te preocupes por esto! Yo misma estaré a su lado y le ayudaré.
Será al mismo tiempo una señal para ti de que mi alma puede hacer más de lo que podrÃa hacer mi cuerpo.
Y ahora, amadÃsimo mÃo, mi fiel y valiente amor, recibe miles de besos de tu feliz
OFELIA.
* * *
¿Son realmente mis manos las que sostienen una carta y después la doblan con lentitud? ¿Soy yo quien se toca los párpados, el rostro, el pecho?
¿Por qué no lloran estos ojos?
Unos labios del reino de los muertos les han secado las lágrimas con besos; aún percibo su contacto acariciador. Y, no obstante, me parece que ha transcurrido un tiempo enormemente largo. ¿Será tal vez sólo un recuerdo del paseo en bote, cuando Ofelia me besó las lágrimas para secarlas?