El dominico blanco
El dominico blanco Con nuestra casa empieza la calle, que mi memoria llama la Hilera de Panaderos. Es la primera y está sola.
Tres lados miran al campo, y desde el cuarto puedo tocar la pared de la casa vecina cuando abro nuestra ventana y me asomo, tan estrecha es la calle que separa ambos edificios.
La calle no tiene nombre porque es sólo un pasaje empinado —un pasaje como no debe de haber dos en el mundo—, un pasaje que une entre sí las dos orillas izquierdas del río; aquí cruza la lengua de tierra de aquel círculo de agua sobre el que vivimos.
Muy temprano por la mañana, cuando salgo a apagar los faroles, se abre una puerta de la casa vecina y una mano armada con una escoba tira virutas de madera al río, que luego las pasea alrededor de la ciudad hasta lanzarlas medía hora más tarde, apenas a cincuenta metros de distancia, a la presa donde se despide con gran fragor.
Este extremo del pasaje desemboca en la Hilera de Panaderos; en la esquina, sobre la tienda de la casa vecina, pende un letrero que reza así:
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