El dominico blanco

El dominico blanco

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Antes rezaba así: «Maestro tornero y ebanista de ataúdes». Aún se puede leer con claridad cuando el letrero está húmedo por la lluvia; entonces la vieja inscripción se transparenta.

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Todos los domingos, el señor Mutschelknaus, su esposa Aglaja y su hija Ofelia van a la iglesia, donde se sientan en la primera fila. Es decir: la señora y la señorita Mutschelknaus se sientan en la primera fila; el señor Mutschelknaus se sienta en la tercera, en el extremo, bajo la figura de madera del profeta Jonás, donde está muy oscuro.

¡Qué ridículo se me antoja todo esto ahora, después de tantos años… y qué indeciblemente triste!

La señora Mutschelknaus va siempre vestida de crujiente seda negra, sobre la que el devocionario de terciopelo carmesí destaca como un aleluya en colores. Con sus botas mates y puntiagudas de color ciruela pasa, provistas de elástico, sortea cada charco a pasitos prudentes, levantándose con decencia la falda; una densa red de finas venitas moradas, reventadas bajo la tez maquillada de rosa, revela su edad de matrona incipiente; los ojos, casi siempre tan elocuentes, sombreados con cuidado sobre las pestañas, están entornados con recato, ya que no conviene irradiar encanto femenino cuando las campanas llaman ante Dios a los seres humanos.


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