El dominico blanco

El dominico blanco

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Ofelia lleva una vaporosa túnica griega y un aro de oro en torno a sus finos cabellos, ondulados, de un rubio ceniza, que le caen hasta los hombros, y cada vez que la veía iba coronada con una guirnalda de mirto.

Tiene el modo de andar hermoso, tranquilo y sosegado de una reina.

Siempre me palpita el corazón cuando pienso en ella. Va a la iglesia con un tupido velo… No le vi la cara hasta mucho después, y en ella los grandes, oscuros y pensativos ojos contrastan singularmente con los rubios cabellos.

El señor Mutschelknaus, con levita dominguera larga, negra y ondeante, suele caminar detrás de las dos damas; cuando lo olvida y las alcanza, su esposa Aglaja le susurra cada vez:

—Adonis, ¡medio paso más atrás!

Tiene una cara estrecha, larga, melancólica y hundida, barba rojiza e hirsuta y una prominente nariz de pájaro bajo la frente deprimida, que se prolonga en el calvo cráneo, dando la impresión, con la manchada raíz de los cabellos, que su dueño ha tropezado contra una piel sarnosa y olvidado limpiarse los restos adheridos a su propia piel.


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