El dominico blanco

El dominico blanco

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El borde de la chistera que el señor Mutschelknaus lleva en todas las ocasiones festivas tiene que apoyarse siempre en la parte delantera contra una tira de algodón, del grosor de un dedo, para evitar que se mueva de un lado a otro.

Los días laborables, el señor Mutschelknaus no está nunca visible. Come y duerme abajo, en su taller. Sus damas viven en varias habitaciones del tercer piso.

Debieron de pasar al menos tres o cuatro años desde que me adoptara el barón antes de que supiera que la señora Aglaja, su hija, y el señor Mutschelknaus, formaban una familia.

El estrecho pasaje entre las dos casas está desde el amanecer hasta la medianoche lleno de un ruido sordo y regular, como si un enjambre de abejorros gigantescos se afanara en un lugar profundo bajo tierra; el rumor llega arriba, hasta nosotros, bajo y ensordecedor, cuando el viento está en calma. Al principio me molestaba y siempre tenía que escucharlo cuando estudiaba durante el día, sin que ni una sola vez se me ocurriera preguntar de dónde venía. Uno no investiga sobre las causas de sucesos que se repiten sin interrupción; se antojan naturales y uno se resigna a ellos, por muy extraordinarios que puedan ser en el fondo. Hasta que los sentidos se asustan y uno se vuelve curioso… o echa a correr.


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