El dominico blanco

El dominico blanco

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—Señor Taubenschlag, si es posible, le ruego que esta noche no lo encienda, ¿quiere? Verá —continuó al darse cuenta de mi confusión, aunque no me atreví a preguntar el motivo—, verá: no es que quiera tentarle a faltar a su digno deber, pero la honra de mi esposa estará en juego si se descubre lo que pretendo hacer. Y el futuro de mi hija como artista se habría acabado para siempre. ¡Ningún ojo humano puede ver lo que ocurra aquí esta noche! —Sin querer, retrocedí un paso, tanto me asustó el tono de voz del anciano, que me hablaba con el rostro contraído por el miedo—. ¡No, no; se lo ruego, no se vaya, señor Taubenschlag! ¡No se trata de ningún crimen! ¡Sólo que, si se descubre, estoy perdido! Verá: he recibido un encargo muy dudoso, sumamente dudoso, de un cliente de la capital, y esta noche, cuando todos duerman, lo cargaremos en un carruaje y se lo llevarán. Me refiero al encargo. Eso es. ¡Hum!

Se me quitó un peso de encima.

Aunque no podía adivinar de qué se trataba, imaginé que sólo podía ser algo inofensivo.

—¿Desea que le ayude a cargarlo, señor Mutschelknaus? —me ofrecí.

El tornero estuvo a punto de abrazarme de puro contento:

—Pero ¿no se enterará el señor barón? —preguntó al instante, nuevamente preocupado—. ¿Y tiene usted permiso para bajar tan tarde? ¡Es aún tan joven!


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