El dominico blanco
El dominico blanco —Mi padre adoptivo no advertirá nada —le tranquilicé.
* * *
Hacia medianoche oà llamar mi nombre en voz baja. Me deslicé escaleras abajo y vi en la oscuridad las siluetas de un carro con adrales[2].
Los caballos llevaban los cascos envueltos en trapos para que nadie los oyera trotar. Junto a la lanza estaba un carretero que sonreÃa irónicamente cada vez que el señor Mutschelknaus sacaba a rastras de su almacén una canasta llena de tapaderas grandes, redondas, de madera pintada de color marrón, cada una con un asidero en el centro.
Me acerqué de un salto y le ayudé a cargar. En media hora el carro estuvo lleno hasta arriba; cruzó dando tumbos el puente de estacas y no tardó en perderse en la oscuridad.
Suspirando de alivio, el anciano me llevó a su taller, a pesar de mi resistencia.