El dominico blanco
El dominico blanco Una mesa redonda y blanca de tan cepillada, sobre la que habÃa una jarra de cerveza rubia y dos vasos, uno de los cuales —de cristal muy bien tallado— era por lo visto para mÃ, atraÃa como un disco luminoso la escasa luz de una pequeña lámpara de petróleo que pendÃa sobre ella; el resto de la larga habitación estaba sumido en la penumbra. Hasta al cabo de un rato, cuando mis ojos se hubieron acostumbrado, no pude distinguir los objetos.
Un eje de acero, accionado durante el dÃa desde el exterior por una noria en el rÃo, ocupaba la pared de extremo a extremo. Ahora dormÃan sobre él varias gallinas.
Sobre el torno pendÃan como sogas de patÃbulo unas correas de transmisión. Una estatua de madera de san Sebastián, traspasada por flechas, se erguÃa en un rincón, y en cada flecha dormÃa también una gallina.
Un ataúd abierto, dentro del cual se movÃan de vez en cuando en sueños varios conejos, contenÃa un miserable catre que tal vez servÃa de lecho al tornero.
Un dibujo enmarcado en oro, bajo cristal y rodeado de una corona de laurel, era el único adorno de la estancia; representaba a una mujer joven en una postura teatral, con los ojos cerrados y la boca medio abierta, desnuda, tapada sólo con una hoja de parra, pero blanca cual la nieve, como si hubiera hecho de modelo pintada con yeso.