El dominico blanco

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El señor Mutschelknaus enrojeció un poco al advertir que yo me había detenido ante el cuadro y se apresuró a decir:

—Es mi señora esposa cuando me dio la mano para el vínculo eterno. Posó como… —agregó a guisa de explicación, carraspeando— una ninfa de mármol. Sí, sí, Aloisia (que significa Aglaja, naturalmente); mi señora esposa tuvo la desgracia de ser bautizada al nacer, de manera incomprensible, por sus señores padres, que en gloria estén, con el vergonzoso nombre de Aloisia. Pero usted no lo repetirá, ¿verdad, señor Taubenschlag? De lo contrario, la reputación artística de mi señorita hija sufriría un gran menoscabo. —Me condujo a la mesa, me ofreció asiento con una inclinación y me sirvió cerveza rubia.

Parecía haber olvidado por completo que yo era un adolescente —aún no había cumplido los quince años—, pues me hablaba como a un adulto, como a un caballero que estuviera muy por encima de él en rango y educación.

Al principio creí, por su modo de hablarme, que sólo quería darme conversación, pero pronto adiviné, al advertir que su tono se volvía tenso y temeroso cada vez que yo miraba los conejos, que deseaba distraer mi atención del sórdido entorno.

Por consiguiente, intenté permanecer quieto en mi asiento y no dejar vagar la mirada.


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