El dominico blanco
El dominico blanco No tardó, mientras hablaba, en ser presa de una profunda agitación. Manchas nerviosas de forma redonda salpicaron sus hundidas mejillas.
Sus palabras revelaban cada vez con más claridad un esfuerzo convulsivo para… ¡justificarse ante mÃ!
Por aquel entonces yo me sentÃa aún demasiado niño —y la mayor parte de lo que me dijo rebasaba con mucho mis dotes de comprensión— para que la impresión de las singulares disonancias que sus palabras despertaban en mà no me causara poco a poco un horror mudo e inexplicable.
Un horror que me invadió hasta lo más profundo de mi ser y que en los años sucesivos, cuando ya hacÃa tiempo que era un hombre, me desvelaba cada vez con mayor intensidad en cuanto la imagen surgÃa por azar en mi memoria.