El dominico blanco
El dominico blanco A medida que aumentaba mi conocimiento de las cosas horribles que la existencia depara a los seres humanos, cada palabra pronunciada entonces por el tornero adquirÃa más claridad y perspectiva en mi memoria, y a veces se convertÃa en una pesadilla cuando evocaba las circunstancias y recorrÃa en espÃritu el lamentable destino del viejo tornero; parecÃa sentir en mi propio pecho la profunda oscuridad que rodeaba su alma, y la terrible discrepancia entre la comicidad fantasmal que emanaba de él y su sacrificio, extravagante y a la vez conmovedor, por un falso ideal que ni el propio Satanás habrÃa puesto en su vida como un maligno fuego fatuo.
PodrÃa decirse que yo entonces, de niño, tomé su relato como la confesión de un demente, destinada a otros oÃdos que los mÃos y a la que, sin embargo, debÃa prestar atención, tanto si querÃa como si no, obligado por una mano invisible que pretendÃa instilar veneno en mi sangre.
Fueron momentos en que me sentà caduco y quebrantado como un anciano, tanta fue la fuerza con que la locura del tornero me comunicó la idea de que tenÃa su misma edad o era superior a él y no un mocoso.