El dominico blanco

El dominico blanco

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»En cuanto a leer, no sé absolutamente nada. En realidad —se inclinó hacia adelante y me susurró secretamente al oído—, y perdone la expresión, soy un zoquete. Verá: mi padre era muy severo, y cuando yo, siendo muy pequeño, dejé quemar la cola en una ocasión, me encerró durante veinticuatro horas en un ataúd de metal que acababa de terminar, diciendo que me enterraría en vida. Como es natural, le creí, y el tiempo que pasé dentro fue para mí tan terrible como una larguísima eternidad en el infierno, pues no se acababa nunca porque no podía moverme y a duras penas respirar. Tal era mi terror que me rompí los dientes inferiores. Sin embargo —añadió en voz muy baja—, ¿por qué dejé quemar la cola? Cuando me sacaron del ataúd, había perdido el conocimiento. Y el habla. Hasta diez años después no aprendí lentamente a hablar de nuevo. Pero ¿no es verdad, señor Taubenschlag, que esto quedará como un secreto entre nosotros? ¡Si la gente se enterase de mi vergüenza, la reputación artística de mi señorita hija quedaría por los suelos! Eso es. ¡Hum! Cuando mi difunto padre entró un día para siempre en el Paraíso (fue enterrado en aquel mismo ataúd de metal), heredé el negocio y también dinero (era viudo), y la divina Providencia envió a mi casa para mi consuelo (porque yo pensé morirme a fuerza de llorar por la triste pérdida de mi padre), como un ángel, al señor director de escena, señor París. ¿No conoce usted al ilustre artista París? ¡Viene en días alternos a enseñar arte dramático a mi señorita hija! Tiene el mismo nombre que el antiguo dios griego París. Es una bendición desde su más tierna infancia. Eso es. ¡Hum! Mi actual señora esposa aún era una doncella entonces. Eso es. ¡Hum! Y el señor París dirigió su carrera artística. Fue ninfa de mármol en un teatro secreto de la capital. Eso es. ¡Hum!


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