El dominico blanco

El dominico blanco

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La llevo encima como gotas de sangre cristalizadas, dominado siempre por la inquietud de que vuelvan a licuarse y me abrasen, si las caliento demasiado rato en mi pecho.

Por eso he encerrado el recuerdo de aquel espacio de tiempo, que para mí se llama Ofelia y significa una breve primavera y un largo otoño, en una especie de bola de cristal donde también vive el muchacho, medio niño y medio adolescente, que una vez fui yo.

Me veo a mí mismo a través de la pared de cristal; pero es como una imagen en una cámara oscura… ya no puede atraerme con su hechizo.

Y así, mientras tengo ante mí esta imagen que tras el cristal se despierta, transforma y apaga, quiero describirla como un informador imparcial.

Todas las ventanas de la ciudad están abiertas, las repisas rebosan de rojos geranios en flor; un adorno primaveral de velas blancas, vivas y fragantes florece en los castaños que bordean la orilla del río.

El aire es tibio e inmóvil bajo el cielo sin nubes de un tono azul pálido. Las mariposas polícromas, y las cleopatra, amarillas, revolotean sobre los prados como si un leve viento jugara con mil trocitos multicolores de papel de seda.


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