El dominico blanco
El dominico blanco En las claras noches de luna brillan los ojos de los gatos maulladores que se mantienen al acecho y gritan sus penas de amor desde los tejados refulgentes de plata.
Estoy sentado en la barandilla de la escalera y aguzo el oÃdo hacia la ventana abierta del tercer piso, donde, detrás de unos visillos que me tapan la vista de la habitación, dos voces, una profunda, patética, masculina, que detesto, y la suave y tÃmida de una muchacha, sostienen un diálogo singular y para mà incomprensible:
—Ser o no ser, ésta es la cuestión. ¡Oh, ninfa, incluye en tu oración a todos mis pecados!
—PrÃncipe mÃo, ¿cómo estáis después de tantos dÃas? —murmura la voz tÃmida.
—¡Vete a un convento, Ofelia!
Espero con gran tensión lo que sigue, pero de repente la voz masculina, sin que yo pueda saber el motivo y como si el orador se hubiera transformado en un mecanismo de relojerÃa cuyo muelle emitiera un zumbido, inicia un parloteo incontenible del que sólo puedo pescar algunas frases sin sentido:
—¿Por qué quieres traer hijos al mundo? Yo mismo soy medianamente virtuoso; si te casas, te daré como guÃa esta maldición: sé casta como el hielo y pura como la nieve o toma por marido a un loco, y esto lo antes posible, ¡adiós!