El dominico blanco
El dominico blanco Del mismo modo que la olvidada y pequeña ciudad, rodeada por el sinuoso río, vive en mi corazón como una apacible isla, el recuerdo de una conversación que escuché a hurtadillas una noche se alza como un islote embestido por las agitadas mareas de aquellos días que para mí se llaman Ofelia. Estaba soñando con mi amada, como hacía a todas horas, cuando oí que el barón abría la puerta de su estudio a un visitante; y por la voz reconocí al capellán.
Venía a menudo, aunque fuese a una hora avanzada, porque eran viejos amigos y solían conversar ante una copa de vino, casi siempre hasta bien pasada la medianoche, sobre toda clase de cuestiones filosóficas; también deliberaban sobre mi educación; en suma, hablaban de cosas que me interesaban muy poco.
El barón no soportaba que yo acudiese a la escuela.
—Nuestras escuelas son como cocinas de brujas donde la razón es deformada hasta que el corazón se muere de sed. Cuando esto se ha logrado con éxito, dicen que se ha pasado la prueba de la madurez —solía decir.
Por eso sólo me daba a leer libros de su biblioteca, que elegía con sumo cuidado, después de averiguar la índole de mi curiosidad de saber, pero nunca comprobaba si realmente los había leído.