El dominico blanco
El dominico blanco Pero ¡no! Es tan joven como yo mismo; veo de nuevo sus ojos en mi imaginación, aún más claramente que en la realidad de la luz del sol. Y en ellos leo que es tan niña como yo. ¡Sólo una niña puede mirar asÃ! Ambos somos todavÃa unos niños; ¡ella no intuye que sólo soy un chico tonto!
Sé con tanta certeza como que en mà late un corazón que se dejarÃa cortar en mil pedazos por ella, que hoy volveremos a vernos sin necesidad de buscarnos; sé también que será después del ocaso en el pequeño jardÃn a la orilla del rÃo que hay delante de nuestra casa. ¡Sin que ninguno de los dos necesite decirlo al otro!