El dominico blanco
El dominico blanco Tardo mucho en atreverme a mirar. Me ahoga la horrible sensación de haber cometido una tontería incalificable. El esplendor del sueño se ha esfumado y siento que no volverá nunca y que en su ausencia tendré que precipitarme al vacío o hacer algo espantoso para evitar el enorme ridículo que ahora deberé afrontar si todo se desarrolla como me temo.
Realizo una última y necia tentativa de salvarme de mí mismo frotándome con fuerza la manga como si tuviera una mancha.
Entonces nuestros ojos se encuentran.
El rostro de Ofelia está como bañado en sangre; veo temblar sus manos finas y blancas, que sostienen las rosas.
Ambos queremos decir algo y no podemos; cada uno de nosotros ve que el otro no se atreve.
Un instante después, Ofelia ha desaparecido.
Me quedo muy acurrucado en un escalón y sólo sé una cosa: en lugar de mi yo vive ahora en mí una alegría que se eleva hasta el cielo como una llama. Una alegría que es una jubilosa oración para que jamás vuelva a atraerme la serenidad.
¿Puede ser real, entonces?
¡Pero si Ofelia es toda una señorita!
¿Y yo?