El dominico blanco
El dominico blanco Cierro los ojos e imagino con todas mis fuerzas que estoy de pie junto a su cama, me inclino sobre la durmiente y la beso con el ardiente anhelo de que yo aparezca en sus sueños.
Me lo he representado todo con tal claridad, que durante un rato ya no sé si me he dormido o qué ha sido de mí. Miraba con fijeza las tres rosas blancas en la repisa de enfrente, ensimismado, cuando se han desvanecido a la media luz del amanecer. Ahora vuelven a estar allí, pero me atormenta la idea de haberlas robado del cementerio.
¿Por qué no he robado rosas rojas? ¡Son las propias de la vida! No puedo imaginar a un muerto que al despertarse y ver que faltan rosas rojas en su tumba, exija su devolución.
* * *
Por fin ha salido el sol. El espacio entre las dos casas está invadido por la luz de sus rayos; tengo la impresión de flotar sobre las nubes que cubren la tierra, pues abajo el pasaje ya no es visible; se lo han tragado los jirones de niebla que el viento matinal arrastra desde el río por las callejuelas.
Una figura clara se mueve en la habitación de enfrente —la inquietud me hace contener el aliento— y me aferro fuertemente con ambas manos a la barandilla de la escalera para no echar a correr.
¡Ofelia!