El dominico blanco

El dominico blanco

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El corazón está a punto de estallarme de emoción y alegría; siento sus brazos desnudos en torno a mi cuello, mientras la llevo desmayada en mis brazos, y la frialdad de sus labios cuando los cubro de besos. Tal es el realismo con que lo imagino todo.

La imagen surge una y otra vez en mi sangre, como si todos sus dulces y enloquecedores detalles circulasen por ella y ya no pudieran abandonarla jamás. Me alegro, porque sé que la impresión es tan profunda, que esta noche soñaré viva y realmente con ella. ¡Pero cuántas horas faltan todavía!

Me asomo a la ventana y escudriño el cielo: no quiere llegar el amanecer. Todo un largo día me separa aún de la noche. ¡Casi me da miedo que la mañana tenga que venir antes que la noche, porque puede destruir todas mis esperanzas! Las rosas pueden caerse cuando Ofelia abra la ventana, y en este caso no las vería. O bien las ve y las coge… ¿Qué ocurrirá entonces? ¿Tendré el valor de no ocultarme en seguida? Siento un frío glacial, porque sé que me faltará este valor. Me consuelo pensando que ella puede adivinar de quién son las rosas. ¡Tiene que adivinarlo! ¡Es imposible que los cálidos e impacientes sentimientos amorosos que emanan de mi corazón no se fundan con los suyos, por mudos y tímidos que sean!


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