El dominico blanco

El dominico blanco

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Ahora juego con la idea de que yazgo abajo con los miembros destrozados, me suben a la habitación, Ofelia se entera, adivina la causa, acude a la cabecera de mi lecho de enfermo y me besa llena de emoción y de amor.

Así me entrego a un juego infantil y sentimental; después me avergüenzo y me ruborizo interiormente de ser tan necio; pero la idea de sufrir a causa de Ofelia me resulta tan dulce…

Desecho con violencia la imagen: Ofelia tiene diecinueve años y es una señorita y yo sólo tengo diecisiete, aunque soy un poco más alto que ella. Sólo me besaría como se besa a un niño que se ha hecho daño. Y yo quiero ser todo un hombre, y como tal no puedo yacer indefenso en la cama y dejarme cuidar por ella. ¡Sería infantil y afeminado!

Por eso tejo otra fantasía: es de noche, la ciudad duerme, un resplandor de fuego ilumina mi ventana, un grito resuena de pronto por las calles: ¡la casa vecina arde en llamas! Ya no es posible salvar a nadie, pues las vigas encendidas se derrumban y obstruyen la Hilera de Panaderos.

Arriba, los visillos de la habitación están en llamas, pero yo salto desde la ventana de nuestro descansillo y salvo a mi amante desvanecida, que yace en camisón en el suelo, medio asfixiada, como muerta, entre las ascuas y el humo.


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