El dominico blanco
El dominico blanco ¿Y si adivina que voy al cementerio? ¿Y para qué quiero robar rosas allí? ¿Y para quién? ¡Claro que no: yo soy el único en saberlo! Le miro a la cara con insolencia y le niego ostensiblemente el saludo, pero el corazón se me para cuando advierto que me mira con fijeza bajo los párpados entornados, casi como si me escudriñara; se detiene, chupa el cigarro con expresión pensativa y por último cierra los ojos como si acabara de ocurrírsele una idea singular.
Le paso de largo lo más aprisa posible y entonces le oigo carraspear a mis espaldas con mucho ruido y de modo muy poco natural, como si estuviera a punto de declamar una parrafada: «¡Ejem… mm… ejem…!».
Me sobrecoge un miedo glacial y empiezo a correr; no puedo evitarlo, tengo que correr, aunque mi intuición me avisa: ¡No lo hagas, te delatas a ti mismo!
* * *
Al alba he apagado los faroles y vuelto a sentarme en la barandilla, aunque sé que pasarán horas antes de que Ofelia venga a abrir las ventanas. Sin embargo, temo quedarme dormido si me acuesto de nuevo en la cama en vez de esperar.
Le he colocado tres rosas blancas sobre la repisa, y estaba tan emocionado que casi me he caído al pasaje.