El dominico blanco
El dominico blanco Por un momento tengo un sabor repugnante en la boca, como si la insidiosa idea me hubiera envenenado, pero se pasa casi en seguida y me pregunto si no sería más conveniente ir sin pérdida de tiempo al cementerio a robar más rosas. Después va gente a rezar ante las tumbas y por la noche la verja está cerrada.
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Abajo, en la Hilera de Panaderos, encuentro al actor París, que enfila el pasaje con rechinantes botas.
Sabe quién soy, se lo noto en la cara.
Es un caballero grueso, viejo y bien afeitado, con mofletes y nariz colorada que le tiemblan a cada paso.
Lleva un birrete, una aguja de corbata con una corona de laurel plateada en la corbata, y sobre la panza, una cadena de reloj trenzada con cabellos rubios de mujer. Su levita y su chaleco son de terciopelo marrón; sus pantalones, de un verde botella, envuelven como fundas sus piernas delgadas, y son tan largos que abajo se le arrugan como un acordeón.